Capítulo 2. El héroe que ya cayó


"Su capa ya no la mecía el viento, su recta postura se había encorvado, la fuerza de sus brazos se había ido, pero sus ojos seguían reflejando la valentía que me hacía sentir segura"


Mi hijo estaba creciendo y ya no me necesitaba para muchas cosas. Ahora podía alcanzar la pasta de dientes de la repisa del baño, podía atarse las agujetas solo e incluso era capaz de ir por la calle sin tomarme de la mano, y eso me gustaba. 

Mi hijo estaba creciendo y había cosas desapareciendo, entre ellas su necesidad de mí y también la admiración que notaba en sus ojitos cada que veía venir a su papá, y eso no me gustaba mucho.

Tal vez era normal que perdiera la admiración por nosotros. Ahora que no era pequeño muchas de las cosas, que antes eran maravillosas, habían perdido su encanto. Él ya no las veía imposibles, ni tampoco inalcanzables, era normal que la admiración se fuera. Pero me disgustaba que se llevara el respeto consigo.

Ahora ya no quería ser como papá. Ahora un astronauta era mejor que papá. Eso era algo que él pensaba y que todos notábamos y todos reaccionábamos ante tal situación. Pero uno de nosotros no reaccionaba tan bien como me hubiera gustado.


—Creo que deberías buscar un tiempo para estar con él —sugerí a mi marido que se limitó a fruncir los hombros y decir —A él no le interesa, es una pérdida de tiempo.

Bufé —Pues parece que tampoco a ti te interesa —y él excusó —Ya no le gusta estar conmigo, —con molestia preguntó —¿Pretendes que le obligue y de esa manera me odie más?. —Aclaré —Él no te odia —y dijo mi marido —Claro que sí. —Con apesadumbrada expresión inquirió —Él no me quiere más, eso está claro.

Abrazándolo a mí suspiré diciendo —Aquí lo único que queda claro es que tengo dos niños en casa —provocando un quejido de mi amado esposo que hacía un mohín y decía —Mamaaá —haciéndome reír y señalar —No tienes remedio.


Lo que a mí me quedaba claro que algo debía de hacerse pues, mientras uno perdía admiración y respeto por el otro, el otro perdía seguridad e interés. Y no quería vivir en un ring donde se intercalan altercados y silencios continuamente. Eso ya lo había visto y no me había gustado.

¡Ya lo había visto!... eso era verdad. Incluso había tomado medidas para no volver a pasar por lo mismo, para no tener que ser réferi de una pelea sin sentido.

Justo ahora pasaba por mi mente aquella historia que, años atrás, había ideado y contado en incontables ocasiones a mi hijo. Una historia que se convirtiera en su favorita cuando pequeño.

Justo ahora tenía una loca idea rondando mi cabeza. «¿Será que esto va a funcionar?» no podía dejar de preguntármelo mientras una extraña emoción inquietaba mi corazón.

Pero supuse que, sin importar el resultado, debía intentarlo. Así pensé y así lo hice. Entré en la habitación de mi hijo cuando él se disponía a dormir.

—Amor, ¿me dejas contarte una historia? —pregunté mientras lo arropaba en la cama. Me miró extrañado y preguntó —Si sabes que no tengo seis años ¿no? —sonriendo dije —Lo sé, pero quiero contarte esta historia, ¿puedo? —aún no muy convencido asintió. Me senté en la orilla de su cama y comencé:

Había una vez, en un lejano lugar, un hombre que bien podía pasar por un súper héroe. Un hombre que siempre ayudaba a todos y que no le importaba poner en riesgo su vida para salvar a quien se encontraba en aprietos. 

Era un hombre tan joven, tan gallardo y tan valiente, que a cualquier chica le habría gustado tenerlo de príncipe azul. Era tan fuerte, tan intrépido y tan popular, que a cualquier chico le habría gustado ser como él. Todo el mundo le respetaba y le amaba. Todo el mundo hacía lo que él pedía. Pues era tan amable y elegante que difícilmente alguien le diría un no, pues además nadie desconfiaba de sus palabras.

Aquel lejano lugar, bajo la influencia del amable y valiente súper héroe, comenzó a hacer las cosas bien. Ese lugar aprendió a ser súper, en medida de sus posibilidades. Así fue como el héroe de ese lugar dejó de tener mucho trabajo. Ahora todos ayudaban a todos y nadie hacía daño a los demás.

Pero en ese lejano lugar, los años pasaron y las generaciones cambiaron. Ahora era mayores los que habían aprendido del súper héroe que ahora no parecía ni la sombra de quién una vez fue, los años también pasaron en él.

Ahora su capa ya no la mecía el viento, su recta postura se había encorvado, la fuerza de sus brazos se había ido, incluso se había perdido todo lo que había enseñado. Los jóvenes de ahora no creían que fuera tan maravilloso como sus abuelos habían contado. Ahora aquél súper héroe ya no era un héroe, ni tampoco era súper.

Sucedió entonces un accidente a un grupo de jóvenes intrépidos que, envalentonados, incursionaban por un bosque lleno de peligros. Resulta que el puente por el que cruzaban a su mayor aventura se rompió mientras lo atravesaban, haciendo que todos terminaran en una barranca que parecía un laberinto sin salida. Además muchos de ellos estaban lastimados por la caída, eso les hacía más difícil el salir de allí.

Y pasaron días en ese lugar, perdiendo a cada minuto la esperanza de volver a sus casas. Mientras tanto, en la ciudad, todos estaban asustados por la desaparición de esos jóvenes y, si había un momento para buscar un súper héroe, era justo ese.

Se reunieron los padres de los jóvenes y fueron a buscar a aquél hombre que una vez fue su héroe. Y, aunque estaba cansado, y sabía que los chicos no creían para nada en él, se puso de pie y salió en auxilio de esos chicos pues, un súper héroe debe hacer lo que un súper héroe debe de hacer.

No le tomó mucho tiempo encontrar a los intrépidos, y ya no tan valientes, aventureros que habían caído en esa barranca. Estaban cansados, raspados, algunos fracturados y, absolutamente todos, hambrientos. Cuando vieron una silueta acercarse a ellos, una chispa de alegría casi iluminó sus rostros. Pero al reconocer el rostro de aquél hombre, todo rastro de emoción desapareció.

Él súper héroe no esperaba otra reacción. Pero un salvador debe salvar. Porque esa es su pasión, su misión y su responsabilidad.

Detuve la historia y me volví hacía mi hijo. Su cara ya no expresaba extrañeza, pero aún no parecía entender el punto de la situación. Pregunté —¿Estás cansado?, ¿quieres que me detenga? —y él negó, así que continúe.

Los jóvenes no creían en un héroe que no habían visto en acción, pero ya habían intentado mucho y no habían logrado nada. Así que se decidieron a aceptar la ayuda que ese supuesto héroe les ofrecía. Además, una mano amiga nunca estaba de más.

El súper héroe, que ya había pasado sus años de gloria, comenzó por curar a los heridos y establecer un ambiente de poca más tranquilidad. Cuando hubo un poco más de paz en las almas de los aún aterrados chicos, el súper héroe se comenzó a mover.

En el caminó hubo tropiezos y situaciones adversas, pero cada paso aseguraba que algo se estaba haciendo. Un tronco que obstruía el paso fue movido por varios de los chicos, bajo las indicaciones del súper héroe, pues entre los heridos había chicos que no podían saltar. Y así, cada obstáculo fue superado con el trabajo en equipo.

Los chicos se dieron cuenta que el hombre no parecía hacer mucho, sin embargo, desde que él llegó, las cosas habían cambiado. Se preguntaron ¿por qué la sola presencia de un hombre, que no parecía hacer mucho, había modificado tanto las cosas?.

Comenzaba a amanecer y, aunque habían caminado mucho y habían trabajado arduamente, no se sentían cansados. Se preguntaban ¿qué era esta sensación?. No podían descifrarlo, pero era agradable seguir a ese hombre que, justo ahora, no parecía un simple hombre. Era un súper hombre, pues había logrado hacer lo que muchos hombres habían intentado y no habían logrado.

Entonces sucedió. Ante sus ojos, con el sol saliendo, ese súper hombre se convirtió en un súper héroe. Frente a ellos estaba su bella ciudad. Ese hombre logró que ellos pudieran volver a una casa que pensaron no verían más.

Era cierto, con el tiempo, aquel héroe había caído. Era verdad también que las cosas que hacía alguien más las podía hacer. Pero algo era diferente, y ese algo era lo que le hacía ser un súper héroe.

Terminé la historia y mi hijo aún parecía confundido. Cuestioné —¿Sabes por qué te cuento esta historia? —mi hijo negó con la cabeza y yo solté una nueva interrogante —¿Qué le queda a un héroe sin fuerza y sin seguidores? —él solo me miraba, así que pregunté —¿No le quedan acaso sus hazañas, los agradecimientos y la satisfacción de quién fue?.

Mi hijo no tenía mucha edad, pero era más listo de lo que muchos pudieran pensar, así que no le fue difícil llegar a una conclusión.

Dijo —Le queda la sabiduría, le quedan las enseñanzas que dio, le queda el amor de las personas a las que salvó —sonreí y, besando su cabeza, dije —Es verdad que ahora eres grande y ya no necesitas tanto de él, pero estoy segura de que él siempre estará allí para salvarte cuando no sepas que hacer.

Aclaré —Puede que tal vez, también tengas que ayudarle pero… —me interrumpió concluyendo —Seré su secuaz —realmente complacida besé de nuevo su cabeza y solo me restó decir —Buenas noches amor.

Cerraba la puerta de la habitación cuando escuché una voz a mi espalda preguntar —Solo debo estar allí para salvarlo cuando no sepa que hacer, ¿verdad? —y, con una sonrisita burlona, respondí —Y dejarte ayudar cuando seas tú quien necesite de él.

Esa noche cambié mi futura profesión, de ser un réferi en un ring, a ser la espectadora de un millón de historias de un gran héroe y su ya no tan pequeño secuaz. 

Comentarios

  1. Me quedé sin palabras. ¿La narradora es la madre del chico? ¿Es el pasado?
    Me encantó la analogía del padre al superhéroe.
    Sigo leyendo.

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  2. Si, ella narra. Es una historia que ella invento para evitar que su hijo tuviera una mala relación con su padre, tal como a ella le pasó. ¿Queda confuso?... Eso de asumir que todos caminan a mi ritmo comienza a darme problemas ㅠ.ㅠ.
    Gracias por leer. Siga adelante y trate de disfrutar xD

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